La tarde cayó pesada sobre la Carretera 57.
Nada hacía suponer que, en cuestión de minutos, el camino se convertiría en escenario de muerte. Pero así ocurrió, una vez más, en ese tramo de Santa María del Río que los propios conductores han bautizado con un nombre que no necesita explicación: La Curva del Diablo.
Ahí no hubo choque.
No hubo descuido.
Hubo violencia.
Un trailero que cumplía con su jornada encontró en el camino algo más que kilómetros: encontró a quienes viven de arrebatar. Se resistió, como lo haría cualquiera que defiende lo suyo.
Y lo mataron.
Un disparo bastó para terminar con su historia.
La unidad quedó atravesada, bloqueando ambos carriles, como si la propia carretera quisiera detenerse a mirar lo ocurrido. Dentro, el conductor ya no tenía prisa. Afuera, el mundo seguía, pero a medias: filas de vehículos, rostros tensos, maniobras torpes de quienes buscaban salir de ahí sin entender del todo lo que pasaba.
No faltó quien intentara cruzar al otro lado.
Tampoco lo logró.
El caos se extendió como eco de lo sucedido.
Más tarde llegaron elementos de la Guardia Nacional, hicieron lo suyo: acordonar, desviar, esperar. Lo de siempre. Lo necesario. Pero no lo suficiente.
Porque lo que queda no se recoge con cinta amarilla.
Queda la certeza de que la Carretera 57 sigue siendo territorio donde la ley llega tarde.
Queda la pregunta de cuántos más.
Y queda, sobre todo, esa curva… que no solo dobla el camino, sino también el destino de quienes la cruzan.
Hoy no fue un número.
Fue un hombre.
Y eso debería bastar.

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